Opinión: Por Juan Saenz Cavia

Para los que procuramos trasmitir una idea utilizando como canal una columna en un periódico, en un micrófono, o frente a una cámara, no es muy conveniente ser autorreferencial, o ubicarse en el centro de la escena para contar lo que le pasa a uno mismo. Ocurre también que en Lincoln desde que se festejan los corsos con esta metodología de mega fiesta, hace unos quince años más o menos, la participación en el carnaval desde adentro o desde afuera es absolutamente diferente.

La persona que tiene una intervención pasiva del corso, es decir desde una tribuna, una mesa o paseando tras las gradas y que solo puede observar y disfrutar el recorrido “desde afuera”, solo participa de una parte de la fiesta, mientras que el artesano, la bailarina, el músico, o el conductor de una atracción mecánica, con una intervención mucho más activa del recorrido, “desde adentro”, pareciera que participa de otra fiesta distinta a la que vemos los mortales que estamos afuera.


Durante el último fin de semana, el domingo, la gente de La Mecánica Loca con Héctor Topa a la cabeza, y toda la caterva de personajes que lo acompaña, me invitó (en realidad me invité solo) a subir a su Ford T “Limusina”, acompañado por varios chicos.

La experiencia es única, muy difícil de describir con palabras, ya que la mezcla de sensaciones para un novato en esto de “recorrer” la Massey siendo parte de un motivo o atracción es realmente muy adrenalínico.

Al principio, del recorrido, unos metros antes del ingreso oficial, ya se palpita una tensión y ansiedad por realizar un buen trabajo, mezclado con los primeros aplausos y los saludos entre distintos artesanos que literalmente no se ven en todo el año, solo en las puertas del corso. Todos viejos conocidos, aglomerados en una comunión infinita, que entre abrazos y anécdotas, descomprimen un poco la rigidez del comienzo.

La primera “volcada” que hizo el viejo Topa, para empezar a dar vueltas con su Ford T, te inserta en un mundo desconocido y te transporta a la niñez como por arte de magia. No se puede explicar la sensación del aire y la espuma golpeando tu cara como la primera vez que subiste a una moto o cuando te empujaron en una hamaca a una velocidad que te asustaba… pero con casi cincuenta años. Era un pibe de 10 en un cuerpo ya canoso y algo más ancho, pero con la alegría y la adrenalina de estar experimentando algo absolutamente novedoso.

Lo mejor de la rutina de La Mecánica Loca es que no solo son parte de la fiesta, sino que además se sienten parte de la fiesta, y te incorporan al juego durante un largo recorrido de siete cuadras, en el que los momentos de descanso son muy pocos. Así, pasas en un santiamén de la tensión del comienzo, a ser parte integral de la fiesta con vueltas, ruido, color, espuma y aplausos interminables durante una larga hora. Todo en un ámbito casi familiar donde el que no es primo, es tío o un amigo de años y así te incorporan a la familia desde el primer bocinazo, hasta el final del recorrido, donde inclusive te participan de “la pasada” como si fueras una parte fundamental del gran equipo que conforma La Mecánica Loca. Miles de veces he recorrido la Av. Massey y jamás será como esta, mi primera vez arriba de la Limusina de los Topa.

A la trilogía de hechos que uno debería hacer antes de morir de plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo, me animaría agregarle a dar una vueltita por el corso de Lincoln, en cualquiera de sus atracciones, no importa su calidad o condición, solo tiene que hacerlo “desde adentro”, al menos una vez en la vida.

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