Desde hace unos meses a esta parte podemos contabilizar más de una docena de hechos vandálicos de todo tipo y color. Desde los ya conocidos y recurrentes en el Trote, donde vuelta y vuelta le chorean las heladeras o le destrozan las instalaciones, pasando por las paradas de LincolnBus a las que vandalizaron robando pantalla solar o rompiendo los cargadores USB para celulares y ni hablar del “Parque” donde van desde una palmera quemada a la recurrencia de incendiar uno de los quinchos. Pintadas, graffitis, rotura de los nuevos nomencladores de las calles y un sinfín de maldades hacia lo público.
El dato de color del vandalismo local se visualiza en el nuevo Paseo del Barrio San José donde pocas luminarias quedan con vida y lo inaugurado hace meses pareciera tener ya años de uso… de mal uso. Pudimos saber que el último hecho significativo tuvo lugar en la Plaza Ludovico Ferrari, frente al hospital, donde cuatro o cinco individuos intentaban romper y extraer cables de las luminarias. Al ser sorprendidos por vecinos y algún agente de la seguridad, los provocadores del daño fueron “enviados” a sus casas. No los detuvieron. No los increparon. Solo los mandaron a casa. Por qué? Porque tenían 12, 10 y 8 años. Ni más, ni menos.
Así surge la pregunta del millón entonces. Si gurises de 8 años atentan contra la cosa pública y amén de la travesura, nadie los encarrila para denotar la falta y el daño realizado, que podemos esperar de los padres de estos o de adolescentes de 15 y 18 o boludones de 20 y 30 que con la misma idea de la falta de consideración por lo que es de todos, potencian y extrapolan el daño, haciéndolo acorde a sus edades y niveles de maldad.
Aunque deberíamos ver este tipo de hechos como repudiables y contrarios al buen vivir y a la convivencia saludable entre todos, la realidad indica que cada vez son mayores los daños realizados y peor las “achurias”, por lo que no sería nada raro esperar que esta escalada de violencia y vandalismo no solo no se detenga, sino que podría acentuarse y hacerse cada vez más importante.
De más está decir que toda esta cuestión es relativo a la mala educación reinante, tanto en casa como en la escuela, y concerniente claro, a los pésimos planes educativos a que niños y adolescente son sometidos, sin medir la más mínima consecuencia. Lo malo no es que vamos por el mal camino. Lo terrible es que ese mal camino tiene cada vez más adeptos y parece interminable… y cada vez más profundo.
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