Opinión: Por Juan Sáenz Cavia
El “turista” que observa nuestro corso se sorprende a cada momento y cuando el pasar incesante de motivos, le da un respiro, una comparsa o un carro musical lo vuelve a entonar para repetir el éxtasis que supone descubrir algo divertido, alegre, pero sobre todo novedoso.El consejo que deberíamos tomar los linqueños es participar siempre de nuestra fiesta mayor, en compañía de un extranjero o un foráneo, ya que él pondrá en relieve el verdadero valor de los distintos motivos.
Es increíble como pasamos del asombro a la crítica y de ahí al “es más de lo mismo”, cuando en realidad somos los dueños de una joda muy poca vista por estos lares, pero con este nivel de despliegue y magnificencia es novedoso a nivel nacional inclusive. Estas son las palabras de turistas, extraños y parientes forasteros que destacan nuestro Carnavalincoln como algo que no han visto jamás y lo extraño es que nosotros mismos somos los críticos más acérrimos de nuestra propia fiesta.
Mal que mal todos y cada uno se ha vuelto un experto en cartapesta, o mecánico para criticar una atracción con motor y ruedas o lo más loco es que todos somos un poco profesores de canto y baile para sacarle el cuero a una pasista o fiscalizar las bondades o miserias de un carro musical donde músicos y cantantes se “desloman” para impresionar a un público cada vez más exigente.
Jamás nos cansaremos de repetir y de valorar el extraordinario trabajo que hacen todos los hacedores de nuestro carnaval. Claro que la felicitación y el reconocimiento va fundamentalmente para carroceros, bailarinas, músicos y locos de la mecánica que ponen cada año su ingenio, trabajo, dedicación y tiempo al servicio de una fiesta que creemos que es de todos, pero en realidad solo a ellos le pertenece. También es digno de admirar a los que sin ser “artesanos”, trabajan y colaboran para que la fiesta sea, en un todo, un espectáculo que solo aquí se ve.
Sentado, junto a la valla, en una tribuna o mesa, o parado nomás detrás del perímetro, nos convertimos en críticos acérrimos del buen gusto y las artesanías más increíbles, sin darnos cuenta que hace meses, estos locos del carnaval, quitan horas y tiempo a familia y ocupaciones, para deleitar solo por unas horas a un público cada vez más exquisito.
Al comentar lo acontecido las distintas noches, con diferentes personas no linqueñas, se toma verdadera dimensión del fiestón que tememos en nuestra ciudad. De nosotros depende en definitiva en darle alas para que pueda seguir creciendo o hartos ya de ver siempre lo mismo, coartarle su impronta, muchas veces insignificante para nosotros, para terminar de destruir una verdadera fiesta popular.
Bregamos para que los ojos de los foráneos, sean en definitiva, los jueces de tan maravillosa fiesta, y logren desde su mirada, contagiar la nuestra para volver a disfrutar nuestro corso desde la mejor perspectiva y liberados de prejuicios y manías, fruto de ser los propietarios de tan maravillosa fiesta.