Opinión: Por Juan Sáenz CaviaSi bien no tenemos esas playas gigantescas, con olas que rompen en espuma y sol ni tenemos una gran avenida peatonal con espectáculos por doquier, donde el frenesí de diversión y esparcimiento vacacional la han instalado como la preferida de muchos, los linqueños si tenemos aquello por lo que Villa Gesell está en boca de todos.
Cual grupete de “pendeviejos” que abarcados por las drogas y el alcohol, se dispusieron a condenar a un pibe al sueño eterno, después de propinarle una tremenda paliza entre una decena de rugbiers boludones contra un par de pibes, los linqueños podemos ubicarnos en la lista donde estas cosas pasan… y vaya si pasan.
En El Triunfo, a mediados de enero, en una noche más de corso en las localidades, se dio lo que días antes se daba en Gesell, aunque gracias a Dios, no llegamos al velatorio de nadie, pero de milagro. Como no hubo muertes que lamentar todo quedó en la nebulosa que suponen tender los poderosos para que nadie sepa que a un muchacho de unos 27 años los re cagaron a palos, en manada como en Villa Gesell. Después de la golpiza no resultó muerto, aunque cinco fracturas en el cráneo y un oído casi destruido, al igual que un ojo, hablan a las claras que no fueron dos piñas al aire. El estado actual del muchacho lo desconocemos, como así también el grupo de inadaptados que pueden provocar semejante cantidad de lesiones a alguien, y así y todo le quieren seguir pegando.
No eran rugbiers los que se agarraron el jueves pasado en el centro, eran hinchas de fútbol y linqueños. Todos pibitos, también “adornados” con todo lo que se imagine, pero sobre todo con la euforia que supone andar en grupo y sentirse inmortal. El jueves pasado, en las tribunas dispuestas para el corso, donde amigos y juventud se juntan para tomar algo y pasar un buen rato, quedó empañado el lindo momento por un grupete de pendejos que empezaron con algunos insultos pos clásico de fútbol y terminaron en la esquina de Massey y Moreno en un todos contra todos.
Acá no fueron varios contra uno, como en Gesell, pero bien pudo haber terminado como aquella “pelea”. Por el relato de testigos, un menor (de 15 años) agarró de los pelos a otro y le golpeó la cabeza contra el asfalto en repetidos movimientos. La policía convocada al lugar llegó ya cuando la gresca había terminado. Pero se prometieron más, y así ocurrió.
El domingo, en el marco del corso se volvieron a agarrar. Piñas, corridas y descontrol sin freno. Terminaron los unos, saqueando la cantina de los otros y el cuento de nunca acabar. Todo ese descontrol del que hablan los bañeros y guardavidas de Villa Gesell, se puede disfrutar en Lincoln a la salida de un boliche, al finalizar un partido de fútbol “picante” o en la calle nomás, donde el entredicho entre dos pibes puede terminar en una batalla campal.
Nosotros no tenemos la “Avenida Tres”, esa peatonal interminable…, nosotros tenemos a pibes de quince contra boludones de veinte, “todos rotos” por el alcohol y algo más, dispuestos a cruzarse en otra pelea callejera donde todo vale. Nosotros no tenemos una peatonal interminable, ostentamos la pelea interminable, aunque todavía no tenemos muertos…, todavía.
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